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Fondo Documental Dinámico
sobre la gobernanza de los recursos naturales en el mundo

¿Gran producción o pequeña producción? La «cuestión agraria» hoy en día

Resumen

Resumen. Tras analizar las ventajas y desventajas de la gran producción y de la producción campesina en 1899 en ‘La cuestión agraria’, Kautsky consideraba que la industrialización de la agricultura y la proletarización de los campesinos eran inevitables y constituían un paso necesario para construir el socialismo. Hasta finales del siglo XX, sus predicciones solo se confirmaron en los países cuyos gobiernos habían organizado con violencia la colectivización de la agricultura, y no en los países occidentales. Pero desde la década de los 70, y posteriormente con la caída del bloque soviético, el desarrollo del capitalismo agrario y de las grandes empresas con trabajadores asalariados parece ineludible. A partir de diversos estudios de campo y al replantearnos los conceptos que utilizamos a diario, se hace evidente que la verdadera superioridad de la gran producción agrícola no radica en su eficiencia para generar riqueza neta por unidad de superficie, ni en la creación de empleos, sino en su capacidad para captar rentas de diversos tipos. Sin embargo, los fenómenos de apropiación y concentración de las tierras y los recursos naturales de los que somos testigos constituyen un peligro global para la humanidad. Por lo tanto, revisar la cuestión agraria hoy en día y replantear los vínculos entre la gran y la pequeña producción son prioridades, tanto para la investigación como para los movimientos sociales.

I. Industrialización de la agricultura, proletarización de los campesinos, ¿Habría tenido razón Karl Kautsky?

El debate sobre las ventajas y desventajas de la producción agrícola a gran escala y de la pequeña producción es muy antiguo, pero cobró gran importancia con el desarrollo del capitalismo y la construcción del proyecto socialista. La obra de Karl Kautsky, ‘La cuestión agraria’, publicada en 1899 en alemán, analiza las posiciones que existían en ese momento y elabora una propuesta de política agraria para la socialdemocracia alemana (segunda parte). Solo la primera parte se publicará un año más tarde en francés, «El desarrollo de la agricultura en la sociedad capitalista». Para Kautsky, tanto «la industrialización de la agricultura» como «la proletarización de los campesinos» son inevitables. Partiendo de una descripción de la evolución del campo en los países donde el capitalismo se había desarrollado más en ese momento, Kautsky afirma que es necesario reforzar estas tendencias para crear las condiciones de una transición posterior al socialismo (Kautsky, 1983).

Las predicciones de Kautsky no se cumplieron en el siglo XX en los «países occidentales». Es cierto que los países desarrollados experimentaron una fuerte disminución en el número de trabajadores agrícolas, pero las formas de producción «familiares» se mantuvieron, e incluso se fortalecieron, y en esos países no se generalizaron las grandes unidades de producción capitalistas que empleaban a obreros agrícolas. En los pocos países que parecen ser la excepción, siempre existen agriculturas familiares ocultas que, en gran medida, son el motor del proceso de desarrollo y de la producción de alimentos, ya sea en las colonias de Inglaterra o en las zonas más remotas de los frentes pioneros de América Latina (Merlet y Jamart, 2007).

En los «países del Este», por el contrario, se impuso la gran producción. Los análisis de Kautsky y las políticas derivadas de ellos fueron ampliamente puestas en práctica por los regímenes socialistas en Rusia, en Europa del Este y en algunos países de otras regiones del mundo. Estas transformaciones fueron impuestas en gran medida por los Estados, a menudo con gran violencia. La colectivización de la agricultura (koljós, sovjós) se convirtió en un elemento central de la construcción del «socialismo». Sin embargo, en la mayoría de los casos se mantuvieron pequeñas parcelas de los trabajadores, y su papel en la producción de alimentos siguió siendo muy importante. Tras la caída del bloque soviético, las diversas formas de gran producción colectivizada se derrumbaron en tan solo unos años y, en la mayoría de los casos, dieron paso a grandes empresas capitalistas.

Hasta el último cuarto del siglo XX, la industrialización de la agricultura, la proletarización de los campesinos y el reemplazo de la producción a pequeña escala por la gran producción solo se habían dado en los países socialistas. Algunos, como China y Vietnam, sin embargo, habían dado giros espectaculares al ‘descolectivizar’ sus zonas rurales. Las consecuencias habían sido diametralmente opuestas a las anunciadas por Kautsky: el regreso a la pequeña producción campesina tras la reforma agraria provocó un despegue agrícola espectacular que contribuyó en gran medida al posterior desarrollo industrial de estos dos países. La agricultura de los países occidentales desarrollados, por su parte, se había mantenido en su mayoría como una agricultura familiar que utilizaba muy poca mano de obra asalariada. Esto no le había impedido volverse cada vez más productiva.

Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen finalmente darle la razón a Kautsky. Los «acaparamientos» de tierras, que han tenido gran repercusión mediática desde 2008, han revelado al público en general unos fenómenos que habían comenzado a surgir ya en la década de 1970 en algunos países, en particular en Brasil. Se están desarrollando a una escala y a un ritmo nunca antes vistos y, de hecho, engloban dos procesos distintos: 1) la «apropiación privativa» de territorios que hasta entonces eran administrados «en común» por pueblos indígenas o poblaciones mestizas, también conocida como «despojo», y 2) la concentración del uso de las tierras que ya se encontraban bajo regímenes de propiedad privada en manos de un número cada vez menor de productores (Merlet y Perdriault, 2010). Estos fenómenos han suscitado numerosas reacciones por parte de los defensores de los derechos humanos y del medio ambiente, pero sus consecuencias económicas y sociales han sido analizadas en mucha menor medida. Los medios de comunicación han puesto el énfasis sobre todo en la expoliación de las poblaciones de los países del Sur y en la creación de agro-holdings de gran envergadura, más que en el aumento progresivo del tamaño de las explotaciones. Sin embargo, las estructuras agrarias de muchos países desarrollados se están polarizando rápidamente en la actualidad, ya sea en Europa occidental o en América del Norte. El número de personas activas en la agricultura está disminuyendo y el tamaño de las unidades de producción comercial no deja de aumentar. Incluso en Francia, donde la política de modernización de la agricultura llevada a cabo tras la Segunda Guerra Mundial había desarrollado con éxito una filosofía y herramientas originales basadas en la promoción de unidades de producción familiares con dos trabajadores, se observa una desaparición cada vez más rápida de las formas de producción campesina y el abandono de las políticas específicas de apoyo a las explotaciones familiares. Las formas de agricultura y de propiedad de la tierra de carácter asociativo están reemplazando progresivamente a las formas familiares, lo que da lugar a una profunda modificación de las lógicas económicas y patrimoniales, a la asimilación de la tierra al capital y a la elusión de los mecanismos de regulación de los mercados de tierras que se habían establecidos después de la Segunda Guerra Mundial (Terres d’Europe SCAFR y FNSAFER, 2015).

Al mismo tiempo, las amenazas globales para la humanidad se multiplican, sin que se cuente con propuestas alternativas reales. Más allá de las declaraciones de autocomplacencia de los organismos internacionales y de algunos países sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio y la lucha contra la pobreza y el hambre, la riqueza no deja de concentrarse y las desigualdades se disparan. Muchos países viven cada vez más a crédito, y las crisis económicas globales se vuelven cada vez más frecuentes. La destrucción de la biodiversidad y los riesgos climáticos ponen en peligro la supervivencia de la humanidad. El aumento de los flujos migratorios y el recrudecimiento de los conflictos armados son, en gran medida, el resultado de todos estos fenómenos.

El desarrollo del capitalismo chino, pero también el de los grandes proyectos y de las actividades extractivas en casi todo el mundo, y en particular el relanzamiento de proyectos mineros de todo tipo por parte de los gobiernos «progresistas» de América Latina, ha reducido, tras la caída del bloque soviético, el «proyecto socialista» a una mera ilusión del pasado. De hecho, las tesis de Kautsky ya no son promovidas hoy en día únicamente por los socialistas, sino que son defendidas por los neoliberales y los grandes empresarios capitalistas: la desaparición de la producción campesina familiar, considerada «arcaica», sería más necesaria que nunca para permitir el desarrollo, la reducción de la pobreza y la alimentación de la población mundial. Solo unas «inversiones» masivas permitirían su reemplazo por una agricultura moderna y eficiente.

II. ¿Qué ha cambiado? ¿Cómo dar cuenta de ello y cómo explicar los fenómenos actuales?

Todas las etapas coloniales anteriores, a lo largo de siglos, se habían caracterizado por la necesidad de contar con una gran cantidad de trabajadores para poder apropiarse de las riquezas de los países conquistados. Así, los españoles y los portugueses tuvieron que someter a las poblaciones indígenas y, posteriormente, importar millones de esclavos para reemplazar a las poblaciones nativas diezmadas por las enfermedades y la explotación. Finalmente, se apoyaron en los productores agrícolas europeos pobres, organizando su migración y la colonización de las grandes llanuras del sur de América Latina. La violencia directa (guerras, trabajo forzado, esclavitud) desempeñaba entonces un papel esencial para que los grupos dominantes pudieran disponer de la fuerza de trabajo sin la cual todo proceso de acumulación era imposible. Con el uso masivo de la energía fósil y las máquinas, y con un desarrollo tecnológico que se aceleró considerablemente, la situación cambió radicalmente (Merlet, 2012).

Hoy en día, la «sociedad de mercado», expresión utilizada por Karl Polanyi, se ha generalizado a escala mundial, con el desarrollo de los transportes y los intercambios. La tierra, el trabajo y el dinero se tratan como verdaderas mercancías, cuyos mercados serían capaces de autorregularse, cuando en realidad se trata solo de mercancías «ficticias» (Polanyi, 1983), que, si bien se venden y se compran, no han sido producidas con ese fin. La violencia sigue existiendo, por supuesto, pero la violencia directa ya no es el mecanismo principal ni para la movilización de la fuerza de trabajo ni para la adquisición de tierras o recursos naturales. Se ha generalizado una violencia institucional, que ahora se manifiesta a través de formas contractuales entre individuos, pero también de otras que involucran a los Estados, que se han vuelto «soberanos» con la descolonización. A la revolución industrial del siglo XIX se sumó lo que podríamos llamar una «revolución financiera»: el desarrollo del sector financiero y el extraordinario crecimiento del capital ficticio en comparación con el capital directamente vinculado a las riquezas materiales modifican considerablemente las dinámicas de acumulación.

Muchas instituciones que nos parecen imprescindibles son problemáticas y son la causa de múltiples efectos «perversos». Los contratos que parecen firmarse libremente suelen vincular a partes cuyos poderes son muy desiguales. La soberanía de los Estados sobre las tierras denominadas «nacionales», donde no se ha emitido ningún título formal de propiedad, lleva algunos dirigentes a venderlas o cederlas en concesión a inversionistas, aun cuando hayan sido ocupadas desde hace generaciones por poblaciones que, por ello mismo, quedan reducidas a la condición de ocupantes ilegales.

En términos más generales, muchos de los conceptos y de las categorías que se utilizan hoy en día para describir y analizar las transformaciones agrarias son engañosos, y son pocos los investigadores que realizan un análisis crítico riguroso de ellos. El fracaso histórico del socialismo real sin duda no propicia una renovación del pensamiento, ni siquiera entre quienes están convencidos de que el desarrollo actual del capitalismo nos lleva a nuevas crisis graves, que podrían ser tan dramáticas como las del siglo XX. Sin embargo, se necesitan nuevos análisis y nuevas propuestas, ¡y con toda urgencia! Esto comienza con una ‘deconstrucción’ de muchas categorías habituales, como la eficiencia económica, la productividad, la inversión, la propiedad, etc., e implicará un cuestionamiento profundo de ciertos dogmas, tanto «neoliberales» como «socialistas». Debemos aclarar los retos y formular análisis accesibles para todos, con ejemplos y no solo con referencias teóricas cada vez más sofisticadas. Necesitamos una reflexión comprometida, abierta a la crítica, que no se limite únicamente a las formas actuales de la investigación académica.

Una mirada crítica al enfoque del dualismo agrario nos muestra hasta qué punto la cuestión agraria suele plantearse de manera errónea. La superioridad de la gran producción se basaría principalmente en los siguientes fundamentos: la gran producción agrícola permite economías de escala; la sustitución de la fuerza de trabajo por máquinas genera mayor eficiencia y mejor productividad; por lo tanto, en última instancia, permite una mejor remuneración de los trabajadores. Pero estas afirmaciones no toman en cuenta las particularidades de la actividad agrícola, intrínsecamente ligada a la naturaleza, a los caprichos del clima y a la diversidad de los ecosistemas. A diferencia de lo que ocurre en la industria, las economías de escala no son en absoluto generalizadas en la agricultura, y a menudo incluso se observan fenómenos inversos, como los ‘sobre-costos’ de escala.

Si bien la mecanización permite aumentar la productividad laboral, puede provocar una disminución de la productividad de la tierra, es decir, de la producción de riqueza neta por unidad de superficie. La tecnología no es la aplicación neutral, natural y lógica de los resultados de la investigación científica. Debemos preguntarnos: ¿a quién beneficia esta supuesta eficiencia? ; ¿al empresario, al «inversionista» o a la sociedad en su conjunto?

Volvamos a cosas muy sencillas, a cuestiones de sentido común. Comencemos por preguntarnos: ¿de dónde viene la riqueza? ¿De dónde viene el «valor agregado»? Los multimillonarios de hoy, en el siglo XXI, no son mil millones de veces más productivos que los pobres. No es ahí donde radica su eficiencia. Los mecanismos de creación de riqueza y de concentración de esa riqueza son, en definitiva, bastante sencillos. La riqueza proviene del trabajo, en primer lugar. El concepto de plusvalía, desarrollado inicialmente por Adam Smith y luego retomado por Karl Marx, nos permite comprender que una parte de los productos del trabajo puede ser apropiada por alguien que no sea el trabajador, cuando este necesita para reproducir su fuerza de trabajo solamente una parte de la riqueza que ha creado. Kautsky lo recuerda de manera muy didáctica en ‘La cuestión agraria’. Pero la riqueza también puede provenir de la naturaleza, independientemente del trabajo invertido, aunque siempre sea necesario el trabajo para extraer esa riqueza. Lo constatamos al observar los diferentes resultados de un mismo sistema de producción aplicado en terrenos distintos, lo que David Ricardo teorizó como «renta diferencial». Esta parte de la riqueza no producida por el hombre ha planteado numerosos problemas a los marxistas, pero ese no es nuestro tema hoy.

Preguntémonos, pues, ¿cómo se distribuye este valor agregado, esta riqueza, no entre los «factores» (tierra, trabajo, capital) — un concepto sin sentido que utilizan los economistas neoliberales —, sino entre los actores, las personas y los grupos sociales? ¿Cuáles son los mecanismos de esta distribución? ¿«Contratos», aceptados con mayor o menor libertad? ¿Violencia directa? ¿Múltiples formas de violencia institucionalizada? En todos los casos, son las relaciones de poder que existen entre estos diferentes actores las que permiten comprender lo que realmente está sucediendo. Siempre coexisten diferentes marcos normativos y jurídicos, y son las relaciones de poder las que determinan, de hecho, cuáles son los que se aplican efectivamente. Ahí radica todo el interés del enfoque del «pluralismo jurídico» (Merlet P., 2011).

La búsqueda de una mejor comprensión se enfrenta a numerosos obstáculos epistemológicos. Debemos revisar los conceptos y cuestionar las creencias comunes que a menudo nos impiden avanzar. Mencionemos algunos de ellos, directamente relacionados con nuestro tema.

  • La palabra «capital» es un ejemplo notable: hoy en día, se usa de manera indiscriminada 1. Volvamos a los economistas clásicos y reconozcamos que existe una diferencia fundamental entre la tierra y el capital. Rehabilitemos el concepto de «renta», cuyo significado analizaremos más adelante.

  • Otra palabra que se utiliza con múltiples significados es «productividad», que a menudo se confunde con el rendimiento. Incluso científicos de renombre caen en la trampa, como los investigadores del Banco Mundial en su estudio de 2011 sobre la fiebre por las tierras agrícolas, Rising Global Interest in Farmland, a menos que confundan ambos conceptos a propósito (Deininger y Byerlee, 2011). Una parte fundamental de su razonamiento se basa en las brechas de rendimiento (yield gap) entre la realidad y el potencial por región, sin tomar en cuenta ni los insumos ni el desgaste de la maquinaria, ni los sistemas de policultivo y las asociaciones entre agricultura y ganadería. Si bien esto permite justificar la apropiación de tierras agrícolas consideradas subutilizadas, no refleja la realidad.

  • La «propiedad» es otro término problemático. Hay que reconocer el carácter muy reciente e históricamente marcado de la aparición del término en singular. «La» propiedad absoluta surge en el momento de la Revolución Francesa, en un contexto político y social muy particular, marcado por la voluntad de la burguesía de afirmar su poder frente a los señores feudales (Comby, 2004). De hecho, la situación general es la de la coexistencia de múltiples y diversos derechos de propiedad, que pertenecen a titulares igualmente múltiples y de diferente naturaleza, ya sean individuales o colectivos (Merlet, 2010). También en este caso, las implicaciones sobre la apropiación de los recursos comunes son importantes. La condición de «propietario» de un espacio garantiza los derechos del propietario sobre todas las riquezas que este contiene, incluso aquellas que aún no se han descubierto.

  • Hoy en día se habla constantemente de empresas, de empresarios, del sector privado. La «empresa» es otra palabra mágica que engloba en una misma categoría tanto a un pequeño productor como a una multinacional. ¡Esto realmente no ayuda a comprender los cambios!

  • El término «inversiones» es una trampa semántica clave en el discurso dominante que se utiliza para describir las dinámicas agrarias recientes. Invertir solo podría ser beneficioso, y los problemas actuales de la agricultura mundial se deberían a un déficit de inversión en el sector desde hace varias décadas. Pero estas «inversiones» suelen ser muy escasas y, de hecho, ocultan mecanismos de despojo y apropiación de los recursos comunes (Merlet, 2013).

  • La «responsabilidad» a la que se recurre, por ejemplo, en la búsqueda de «inversiones agrícolas responsables» supone un desplazamiento hacia el ámbito de la moral (Merlet et al., 2014). Se trata de otro concepto clave en la imposición de un discurso que parece basarse en el respeto a los derechos humanos, pero que, en realidad, disuelve la democracia en la mera buena voluntad de las empresas. Esto es extremadamente grave. Esperar que las grandes empresas, como Pepsi Cola o Coca-Cola, apliquen las directrices voluntarias sobre la gobernanza de la tierra del Comité de Seguridad Alimentaria con sus proveedores no es, sin duda, la mejor manera de fortalecer la democracia mundial.

Para poder retomar, sobre bases sólidas, el debate sobre las ventajas de la producción a gran escala y las de la producción a pequeña escala, debemos ampliar nuestro campo de observación. No existe latifundio sin minifundio, así como tampoco habría ricos si no hubiera pobres, tal como nos lo recuerda Polanyi en La gran transformación, en un capítulo fascinante sobre el trato a los pobres.

A nivel local, los análisis de los sistemas agrarios permiten comparar, dentro de una misma región, la eficiencia económica de las grandes y las pequeñas explotaciones. Los resultados suelen sorprender a quienes no conocen bien la agricultura. Las pequeñas explotaciones suelen ser mucho más eficientes en términos de productividad neta por hectárea que las grandes explotaciones 2. Para complementar estos análisis, que utilizan principalmente los precios de venta de los productos al salir de la unidad de producción, es conveniente realizar análisis de cadenas de valor, que permiten comprender cómo se distribuye el valor agregado a lo largo de ellas. Hay que analizar el empleo a una escala diferente a la de la empresa y poder tomar en cuenta las externalidades ¿Pueden ser socialmente viables las grandes empresas agrícolas con alta productividad laboral, inmersas en un mar de desempleo? Tarde o temprano, evoluciones de este tipo provocan situaciones sociales explosivas.

A un nivel más general, hay que recordar que en el mercado globalizado compiten unidades de producción cuyas productividades netas del trabajo son extremadamente diferentes, superando ahora ampliamente una relación de 1 a 500 (Mazoyer, 2001). Ahora bien, el precio de un bien viene determinado por la productividad laboral. Aunque el porcentaje de cereales que transita por el mercado mundial sea muy reducido en comparación con la producción total, su precio lo determina la productividad de las empresas exportadoras. Tiende a bajar de manera estructural cuando la productividad laboral aumenta más en este sector que en el conjunto de la economía. Esta tendencia a la baja de los precios agrícolas tiene repercusiones directas en el poder adquisitivo y en la supervivencia de todos los productores, incluso de aquellos que solo comercializan una pequeña parte de su producción (Mazoyer, 2001). Los mecanismos de los mercados globalizados provocan así la desaparición de la agricultura campesina mucho más allá de los productores directamente afectados por la expansión de la gran producción y por el despojo de tierras. El desarrollo de gigantescos conglomerados agrícolas en Ucrania llevará a la ruina a productores de menor escala en otras regiones del mundo, sin que estos hayan tenido siquiera conocimiento de su existencia.

En resumen, podríamos decir que todo es cuestión de distribución. El mercado puede redistribuir de manera óptima los bienes reales, producidos para ser comercializados, bajo ciertas condiciones (competencia, etc.), que no siempre son fáciles de cumplir. Pero el mercado no puede, ni podrá jamás, redistribuir de manera óptima las mercancías ficticias, y en particular la tierra, el trabajo y el dinero. La economía siempre está profundamente arraigada en la sociedad. Sin embargo, hoy en día se actúa como si no fuera así. Se la trata como un ámbito en sí mismo, que no tendría nada que ver con lo social ni con lo político, lo cual constituye una postura absurda. Pero cuestionar la «sociedad de mercado» no significa establecer una sociedad sin mercados (Polanyi, 1983). Las economías socialistas han puesto de manifiesto los riesgos que esto conlleva. Pero una sociedad totalmente gobernada por el mercado, ya sea que la llamemos «sociedad capitalista» o, como Polanyi, «sociedad de mercado», resulta ser totalmente incompatible con el interés general de la humanidad. Debemos desarrollar sociedades que regulen los mercados que no pueden autorregularse.

Hoy en día, todo se reduce también a la apropiación de las rentas, es decir, de las riquezas no producidas por el trabajo. Analicemos cómo se lleva a cabo la distribución de la riqueza y del valor agregado entre los propietarios de la tierra, los propietarios del capital, los trabajadores y la sociedad en su conjunto. Numerosos trabajos realizados en los últimos años por estudiantes de la Cátedra de Agricultura Comparada de AgroParisTech, así como por pasantes de AGTER en Ucrania, Perú, Nicaragua y Rumania, han puesto de manifiesto la desigualdad de esta distribución. Así, en Ucrania, en los agro-holdings más grandes estudiados, entre el 80 % y el 90 % del valor agregado se destina a remunerar a los titulares del capital, mientras que el 10 % a 20 % restante se distribuye entre la remuneración de los propietarios de la tierra beneficiarios de la reforma agraria posterior a la caída de la Unión Soviética, la remuneración de los trabajadores y el pago de escasos impuestos al Estado (Cochet y Merlet, 2011) 3. Estos datos dicen mucho sobre la eficiencia de la producción agrícola capitalista a gran escala. Uno de los principales inversionistas franceses en la agricultura de Ucrania, el Sr. Charles Beigbeder, explicaba hace unos años en la televisión que empresas como las suyas iban a alimentar al mundo. De hecho, sus empresas se aprovechaban de una situación específica resultante de la ‘des-colectivización’ en Ucrania para obtener ganancias importantes, muy superiores a las que podían obtener en otros lugares los capitalistas comunes, con la complicidad de los gobiernos francés y ucraniano que habían firmado un acuerdo bilateral de inversiones.

Para ello, debemos poder identificar los diferentes tipos de rentas: las rentas de la tierra, pero también las rentas generadas por las políticas públicas, las rentas vinculadas a disposiciones jurídicas específicas y a cualquier otro tipo de ingresos no relacionados con el trabajo. ¡Debemos descubrir quién se apropia realmente estas rentas! Todos conocemos las rentas que la Política Agrícola Común ha establecido. Existen otras, como las que provienen de la obligación de incorporar un cierto porcentaje de ‘agro-combustibles’ en los combustibles que se venden al público, lo que provoca un aumento de la demanda y del precio de este tipo de producto. La clasificación de una zona como apta para la construcción en un plan de ordenamiento territorial también provocará automáticamente un aumento en el precio de los terrenos que se encuentran allí.

A la luz de las numerosas observaciones que hemos podido hacer, es legítimo preguntarnos si la verdadera superioridad de la gran producción no es, en realidad, su capacidad para apropiarse de las rentas.

Debemos intentar explicar las dinámicas actuales. Los comportamientos económicos y sociales de los distintos actores no son los mismos: hay pocos puntos en común entre la lógica de la producción y reproducción campesina familiar y la lógica económica capitalista. Hervieu y Purseigle nos ofrecen una tipología detallada al final de una obra muy interesante en la que describen la coexistencia de múltiples formas de gran y pequeña producción, agricultura familiar, agricultura empresarial y agricultura de subsistencia. Aunque cuentan con todos los elementos para hacerlo, no hacen hincapié en las dinámicas que dan lugar a estos diferentes tipos y «deducen» que hay espacio para todos, que conviene organizar la convivencia entre la gran producción y la pequeña producción (Hervieu y Purseigle, 2013). Sabemos que existen relaciones entre la gran producción y la pequeña producción: hemos mencionado los mecanismos de fijación de precios en los mercados liberalizados, debido a las diferencias en la productividad laboral; también hay que recordar las interrelaciones que existen en torno a la fuerza de trabajo y su reproducción, ya muy presentes en las relaciones entre latifundios y minifundios, los vínculos que se establecen en torno a las cadenas de transformación y comercialización, etc. Muchos otros investigadores señalan la «coexistencia» de diversas formas de producción agrícola sin explicar suficientemente los vínculos que existen entre ellas. Esta elección es política y, en gran medida, engañosa. La pequeña y la gran producción forman un sistema, y casi siempre el desarrollo de una constituye una amenaza para la otra (Merlet, 2012).

La agricultura de subsistencia de la que hablan Hervieu y Purseigle ya no tiene nada que ver con las formas campesinas de antaño; agrupa a personas que han sido empobrecidas y que constituyen un gigantesco ejército de reserva para la agricultura empresarial. Por otra parte, cuando la agricultura familiar se convierte en agricultura asociativa, cambia de naturaleza y comienza a comportarse como una agricultura empresarial. Por lo tanto, no hay lugar para todos, y la organización de la coexistencia entre la gran producción y la pequeña producción no permite alcanzar un óptimo social (empleo, producción) ni un óptimo ambiental para la humanidad.

III. ¿Qué hacer para evitar un nuevo desastre mundial?

Volvamos a Kautsky. Su discurso es claro y convincente, pero está equivocado. Cabe preguntarse qué papel desempeñó esta concepción y qué parte tuvieron las políticas que inspiró en el fracaso histórico del socialismo real. Por otra parte, sin duda no se trataba de simples errores, sino de posiciones que respondían a los intereses de ciertos grupos sociales. Pude constatarlo en Nicaragua en los años 80.

El último capítulo de la segunda parte del libro de Kautsky se titula «Cómo neutralizar a los campesinos». ¡Eso lo dice todo! Para los socialistas del siglo XIX, el campesino es un atrasado y un enemigo político en potencia. No se le trata como un enemigo político directo, pero la estrategia de la socialdemocracia consistía en asegurarse de que no se rebelara y en hacer lo necesario para que pudiera desaparecer sin sufrir demasiado. Me parece que esta estrategia fue en parte responsable del fracaso del proyecto socialista y que ya es hora de empezar a construir otro proyecto, que tenga posibilidades de ser exitoso.

Hay muchos otros aspectos importantes que aquí solo puedo mencionar y que merecerían ser abordados en profundidad. El desarrollo del capital ficticio y la naturaleza del sistema financiero actual permiten una multiplicación considerable de la apropiación de rentas y riquezas naturales. Hoy en día es posible comprar tierras o recursos, o tomar el control de ellos, pidiendo prestado el capital necesario a grandes bancos o con base en las ganancias obtenidas al especular en los mercados financieros. Dado que es posible perder estas fortunas en dichos mercados tan rápido como se ganaron, resulta conveniente transformarlas en algo tangible, invirtiendo, por ejemplo, en grandes explotaciones en Brasil o en otros lugares. El resultado es una ola de acumulación primitiva y de despojo de una magnitud sin precedentes. Y si bien los capitales son, por definición, móviles, los fenómenos de despojo y destrucción de la agricultura campesina son, por su parte, irreversibles a corto y mediano plazo.

¿Qué nos depara la hegemonía del pensamiento de ‘Doing Business’, la glorificación de los mecanismos ‘ganador-ganador’ que permitirían que todos los actores ganen, la promoción de la responsabilidad social empresarial y los planes de negocios como solución para los pequeños productores? ¿Un mundo en el que más de la mitad de la población estaría desempleada, en el que los recursos naturales se habrían destruido, en el que las desigualdades exacerbadas provocarían cada vez más conflictos y más violencia?

Debemos poner a la empresa en su lugar y preocuparnos por el interés general. Es necesario volver a lo básico de la economía: diferenciar el interés del empresario o del supuesto «inversionista» del interés de la sociedad en su conjunto. Las herramientas existen. Se utilizaban hace unas décadas (el “método de los efectos”, desarrollado principalmente en Francia; el “método de los precios de referencia” o el “análisis de costos y beneficios” del Banco Mundial). Fueron reemplazadas por estudios de impacto socioambiental, que miden los efectos negativos, intentan mitigarlos o compensar artificialmente las pérdidas ocasionadas, pero se niegan a examinar otras opciones, otros modelos distintos a los presentados por los inversionistas, basados, por ejemplo, en el desarrollo de la producción campesina.

Algunos financiadores [entre ellos la Corporación Financiera Internacional (Banco Mundial) y Proparco (AFD)] justifican una financiación millonaria para el desarrollo de una cadena de producción de bioetanol en Centroamérica por parte de los mayores productores de caña de azúcar de la región argumentando que este proyecto creará empleos y contribuirá a combatir el calentamiento global 4. Sin embargo, si se comparan los empleos generados por un sistema de plantación de caña de azúcar y su agroindustria con los de los sistemas de producción campesina de los alrededores, se observa que estos últimos emplean de 3 a 22 veces más personas por hectárea que las plantaciones azucareras (Jahel, 2014). Es cierto que el proyecto de desarrollo de la industria del bioetanol permite crear unas cuantas decenas de nuevos empleos, en comparación con la situación de las plantaciones azucareras del anteproyecto. Pero con ello se refuerza la gran producción azucarera, al negarse a examinar las posibilidades de otra hipótesis: la de apoyar una vía campesina alternativa. El método empleado no permite salir de un proyecto de desarrollo basado exclusivamente en la gran empresa capitalista con trabajadores asalariados.

Estos son los retos de la investigación sobre el dualismo agrario.

Con este panorama tan general, he querido destacar las cuestiones fundamentales que se esconden detrás de los temas del seminario, no solo en los países del Mediterráneo, sino en todo el mundo. Con la elaboración de las Directrices Voluntarias sobre la gobernanza de la tierra por parte del Comité de Seguridad Alimentaria de las Naciones Unidas en 2012, los países signatarios y la sociedad civil dieron un primer paso en la dirección correcta, pero esto no es más que un pequeño paso para la humanidad. De hecho, ahora queda ponerlas en práctica, y eso no parece sencillo, ya que las relaciones de poder no se han modificado realmente. Los países signatarios no se han comprometido a modificar su legislación nacional; las directrices incluso precisan que se inscriben en el respeto de esta. El acuerdo, igualmente no vinculante, que le siguió sobre los principios para una inversión agrícola responsable representa claramente un retroceso, aunque afirme basarse en las Directrices Voluntarias (Merlet et al., 2014).

Los investigadores tienen una gran responsabilidad: la de examinar la realidad observando de cerca los cambios en curso, la de cuestionar constantemente sus herramientas, desmontando las categorías de análisis que solo sirven para justificar las prácticas de ciertos grupos de actores. Espero que este breve repaso del debate sobre las ventajas y desventajas de la gran y la pequeña producción en la agricultura pueda dar lugar a preguntas que sean retomadas por los distintos investigadores de este seminario.

1 A modo de ejemplo, Thomas Piketty, en su famoso libro El capital en el siglo XXI (2013, Ed. du Seuil, París), nos ofrece una descripción estadística muy interesante de la concentración de la riqueza en manos de una minoría, ¡pero su falta de definición del capital y su caracterización de las ecuaciones del capitalismo no son en absoluto convincentes!

2 Para más información, consultar los estudios sobre Ucrania, Perú, Nicaragua y Rumania disponibles en el sitio web de recursos documentales de AGTER. Ayudan a responder a la pregunta: Crear más riqueza neta y empleo por unidad de superficie. [a(http://www.agter.org/bdf/fr/thesaurus_defi/motcle-defi6.html#Onglet_Question www.agter.org/bdf/fr/thesaurus_defi/motcle-defi6.html)]

3 Para más detalles, véase Jaubertie, C., Pardon, L., Cochet, H. y Levesque, R. (2010). Ukraine : une approche comparée des dynamiques et performances économiques des structures agricoles. Ministère de l’Agriculture (France). Centre d’études et de prospective. Service de la statistique et de la prospective NESE, n° 34, déc. 2010, p. 37-55.

4 En el sitio web de esta organización financiera se puede leer que «El apoyo de PROPARCO a Pantaleón Sugar se inscribe en el marco de su mandato en América Latina, que consiste en apoyar un crecimiento verde y solidario». PROPARCO aportó 14 M$ al programa de inversión de Pantaleón para el período 2008-2010 (por un monto total de 130 M$). Ver , (consultado por última vez en abril de 2016).

Bibliografía

  • Cochet H., Merlet M. 2011. Land grabbing and share of the value added in agricultural processes. A new look at the distribution of land revenues. International Academic Conference ‘Global Land Grabbing’, 2011/04/06-08, Brighton (Royaume-Uni). 18 p. www.agter.asso.fr/IMG/pdf/cochet_merlet_land-grabbing-conference-vers_fr_2011-03-15.pdf

  • Comby J. 2004. Le droit de propriété, de la « Déclaration des droits » au « Code civil ». 3 p. www.agter.org/bdf/_docs/comby_2004_droit_de_propriete.pdf

  • CSA (Comité pour la Sécurité Alimentaire). 2014. Principes pour un investissement responsable dans l’agriculture et les systèmes alimentaires. Rome : FAO. 27 p. www.fao.org/3/a-au866f.pdf

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Contexto

Este artículo recoge el contenido de la conferencia introductoria del Seminario anual de la red de investigación sobre la propiedad rural mediterránea FONCIMED, celebrado en Túnez los días 15, 16 y 17 de octubre de 2015, sobre el tema «El dualismo de la propiedad agraria en el Mediterráneo: ¿competencia o cooperación?». Ha sido publicado en francés en la revista Options Méditerranéennes A 117, 2017 – La petite exploitation agricole méditerranéenne, une réponse en temps de crise.

No abordé específicamente la situación de los países del Mediterráneo, que los participantes del seminario de FONCIMED conocen mucho mejor que yo. Les propusé reflexionar sobre el dualismo agrario contemporáneo a partir de estudios realizados en diferentes regiones del mundo, a menudo por miembros de AGTER.

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